A veces conviene echar la vista atrás. Desandar una parte del camino para asomarse a los acantilados ya escalados, para sorprenderse con las elecciones que se hicieron en los cruces de caminos. Para darse cuenta de que aquel que eligió, aquel aventurero arriesgado, aquel caminante que no miraba atrás y que nos trajo hasta aquí, ya no somos nosotros. Ese que es la causa de dichas y diretes, ese que recordamos fue, pero no es. Quienes nos sentamos aquí delante le debemos cosas.
Todo.
Pero esa mirada al pasado infinito, ínfimo por culpa de la memoria, es sólo para recargar pilas, para tomar impulso, para hacer nuevas huellas sobre caminos aún no caminados, no encontrados. Ese parar, volver, mirar por encima del hombro, es en realidad otro paso hacia adelante. Como poner otro pilar sobre el que seguir construyendo una vida contada, imaginada, que no llega a ser verdad porque es de palabras.
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lunes, 20 de enero de 2014
miércoles, 21 de diciembre de 2011
HACIA EL OCASO

Ayer al salir del super y ver por encima del pueblo la puesta de sol, me di cuenta de que sigo dando tumbos. A veces es agradable, a veces es solitario, y a veces es muy desagradable. Esa idea del nómada, del ambulante, que siempre está presto a levantar su tienda y pasar la siguiente temporada algo más allá. Esa escena de película en la que se ve cómo uno de los protagonistas abandona el pueblo de paso de su última aventura y se marcha para no volver. Ese dirigirse hacia el ocaso. ¡Qué bonito! Así escritro en palabras o puesto en imágenes o imaginaciones. Pero cuando es real ya no es tan divertido, ni tan romántico, ni llena tanto, ni nada de eso. Es, fundamentalmente real. Algo que es así. Pues sí, quizás sea divertido durante nueve meses, o un infierno los tres meses siguientes, o aquel pueblo me recuerda la función más tierna de mi vida, o el curso en que los alumnos me regalaron una placa, o..., recuerdos que se acumulan en rincones de espacios reales. Y tal vez, andando el tiempo cuando la maleta se esté cerrando otra otra vez, y los muebles vayan por delante, o se abandonen muebles que ya usaron otros y que otros diferentes de mi usaran de nuevo, tal vez, digo, piense que fue tan bello como sólo las cosas bellas pueden ser.
Pero claro, no sé si después de haber estado mil años viviendo en el mismo sitio, sin salir sino para dar una vuelta, estaría diciendo que fue tan bello como sólo las cosas bellas pueden ser.
miércoles, 25 de agosto de 2010
Vuelta a los fogones
Imagen de la redHace dos o tres años dije que no iba a realizar una serie de funciones para todos los públicos en la playa porque quería probar a contar las historias de otra manera. Quería probar con objetos e instrumentos nuevos de percusión para incluirlos en el espectáculo. Pero me ofrecieron hacer después del verano otras funciones en las plazas y ya dije que sí, sin estar todavía del todo claro lo que yo estaba cociendo. Una parte de esas funciones fue como antes, y otra fue de exploración.
Hace unos años decidí que no iba a hacer sólo humor en los bares y pubs que contaba. Al menos que no iba a dedicarme sólo a hacer reir, porque yo cuento historias para contar cosas, y en un plano, digamos, más etéreo porque quiero tener la experiencia sensorial de conexión con el público a partir de las cosas que me mueven por dentro. (esto ha quedado un poco flower power). El resultado es que he ido dejando de contar en bares porque vende más el chiste, el monologuista estilo paramount y el narrador humorista. Y además, no tengo un espectáculo nuevo específico para bares, ni para niños, ni para todos los públicos, ni para la calle.
Ha habido unos años, varios o muchos quizás, en los que he sido arrastrado por las actuaciones. Me encanta contar cuentos, por eso lo hago, pero es verdad que antes de que se pusieran de moda, uno podía entrar en la cocina, pensar qué quería hacer, hacerlo, y venderlo después. Espectáculos infantiles y de adultos o para la calle podían ser pensados, ya fueran por encargo, por encuentro fortuito o sudados a partir de una idea abstracta, tenían un tiempo y un espacio. Después me llamaban para contar con otros narradores, o sólo, o para contar en un bar cuyo público no había visto nunca contar cuentos.
Y después se pusieron de moda los monologuistas y se creó gran confusión: narradores anunciados como monologuistas, monologuistas que iban a los espacios de los narradores, narradores que se presentaban a concursos de monólogos, narradores que eran narradores y se pasaron a monologuistas y viceversa, gente que hace un híbrido entre historia y monólogo, narradores que cuentan sus paranoias en forma de historia, cuentaautores, actores cuentacuentos y un montón de variantes dispuestas a cobrar lo mismo o menos de lo que yo cobro.
Esto para mí ahora significa menos funciones arrastradas. Quizás también menos funciones contratadas de las cocinadas. Pero no es malo desde cierto punto de vista. Esta confusión permite mezclar y el mestizaje no tiene por qué ser malo, y al final siempre se aclaran las cosas, aunque a veces tarde.
Además llega la crisis y los organismos oficiales pagan tarde (si pagan) y prescinden de muchas actividades culturales, encima pagan menos por lo mismo. El resultado es que también hago menos funciones infantiles arrastradas, ya no me llaman para rellenar huecos o crear un microespacio barato dentro de un evento mayor.
Encima vuelvo al teatro, esta vez en forma de Match de improvisación, y a leer sobre cuentos, teatro, narración... Y más aún, a mis cuarenta y dos creo que tengo la crisis de los treinta, o algo así.
Lo cierto es que todo empieza a desencajarse para reestructurarse de nuevo. Ya no quiero contar del mismo modo, no quiero hacer espectáculos arrastrados, no quiero contar los mismos cuentos, o al menos no desde este punto de vista. El espacio de los cuentos tal y como lo conozco empieza a resultarme inservible, me planteo explorar otras formas y otros contenidos, otros públicos, quizás hablarle a otra zona de la imaginación del mismo público, que la palabra, el gesto y la mirada caigan en otros pozos del alma y provoquen ecos distintos (esto no será mío casi seguro), otra manera de encontrarme con los demás desde el espacio escénico. Un paso más en definitiva.
Al no estar arrastrado por las funciones, ni por la necesidad de realizarlas, de buscarlas, de congraciarme, tengo tiempo. Tiempo para pensar, para que las ideas y las formas me encuentren, para trabajar con los objetos y los instrumentos, para deshechar desde la cocina, para dejar que se asienten cosas en el mar de las abstraciones y que el viento arrastre las ideas peregrinas que pesan poco. Tiempo para encontrarme y reencontrarme con las historias, para habitarlas desde la palabra, para saber si es esa la historia que quiero contar. Tiempo para que la necesidad de contar se ponga nerviosa y engorde un poco. Para dar la espalda o encontrarme de cara, para recordar lo olvidado, para aprender, olvidar, asumir, renovar... Tiempo, eso es lo que tengo.
Tiempo, eso es lo que pido.
miércoles, 11 de agosto de 2010
El método
¿Los narradores tenemos método? ¿Existe "EL METODO", así con mayúsculas?
Bueno, que duda cabe que unos por unas vías y otros por otras, todos tenemos un método más o menos consciente. Los que alguna vez nos hemos dedicado a enseñar a contar hemos tenido que enfrentarnos a las posibilidades de comunicar nuestro "método" y a reseñar de una forma lo menos crítica posible el método de los demás.
Recuerdo que un narrador y amigo de charlas y copas me dijo una vez que su método era hablarle a una grabadora durante al menos dos horas diarias, y que de ahí era de donde sacaba prácticamente todo lo que hacía. Intenté probarlo, y lo que para él funciona perfectamente (no hay más que ver sus espectáculos) para mí que soy un indisciplinado no significó más que un "esto tiene posibilidades y tengo que seguir haciendolo pero bien, cuando tenga tiempo".
Cuando el grupo Shamán funcionaba a pleno rendimiento ensayábamos dos tardes a la semana. Una era de crítica de repertorio y creación de espectáculos y otra era de taller. Cada miembro del grupo preparaba ejercicios para los demás, para hacerlos mejorar, todo ello nos llevó a decir en alguna ocasión que si el nivel de un narrador del grupo era malo, la culpa no era sino de los que no supieron corregirle. Aunque creo que nuestro método más efectivo por aquella época se basaba en las charlas interminables sobre el espectáculo, los cuentos, la forma de contar, etc, que nos pegábamos, de esas reflexiones a tres bandas salió el narrador que soy en gran parte.
Cuando tengo oportunidad hago talleres que tienen que ver con la escena, con la actuación, la formación del actor, la construcción de espectáculos. Todo ello me lleva a reflexionar y a intentar incorporar lo aprendido a mi trabajo.
Ahora estoy leyendo a Grotowsky y releyendo a Peter Brook, y hay una cosa que me llama la atención en los dos: son cosas que sirven en su grupo, en su reflexión colectiva, cosas aplicables para ellos, y no se sabe si para los demás.
En mi grupo de Match de improvisación teatral veo que han salido algunas de las cosas que dicen tanto uno como otro, y sólo después de hacerlas vemos que hay quien ha reflexionado ya sobre ello. Pero sí tenemos claro, que la actuación no es reflexión, ésta es antes o después pero no durante.
Hay algo que me parece claro, el narrador solitario no trabaja igual que el narrador que está integrado en un grupo o un colectivo. Cada colectivo o grupo, ya sea de narración, teatro, pintura, integración de artes..., tiene su propio método de trabajo y de presentación.
Pero el narrador solitario tiene que dividir el trabajo.
Debe afinarse corporal y vocalmente tomando conciencia de su cuerpo en relación al espacio, al público, a sus posibilidades expresivas, y del mismo modo de su voz intentando darle toda la riqueza de que sea capaz, o al menos tomar conciencia de cuáles son las posibilidades que puede usar.
Debe afinarse verbalmente, en todas las expresiones ya sean vulgares o cultas, poéticas o cotidianas. Un buen narrador parece que habla de forma espontánea o cotidiana, pero muy pocas de sus palabras se pueden tirar a la basura porque es una forma entrenada, que sabe lo que está diciendo en cada momento, cómo lo está diciendo y que palabras está empleando. Esto no significa que siempre sean las mismas para ese momento del espectáculo o del cuento, sino que sabe cuáles son. Cuanto más consciente del verbo es el narrador en su discurso, más mágico parece a los ojos del público y más ayuda a disparar la imaginación.
Otra afinación es la del contador. Como contador uno debe saber estar dentro de la historia, saber por dónde va, hacia dónde camina, que estilo la sostiene, qué tipo de historia tiene entre sus palabras y qué tipo de historia puede el público imaginar. Tanto para recibir como para producir o recrear una historia, cuanto más afinado esté nuestro contador de historias (o nosotros en tanto en cuanto a narradores que somos) mejores posibilidades podremos ofrecer. Esto en cuanto a entrenamiento personal y general, como profesional que trabaja todos los días se presente o no ante el público.
Pero el narrador solitario también tiene que hacer todo lo que concierne a su repertorio y al espectáculo. Las labores de director y productor de un espectáculo de narración oral que hacen que tenga que reflexionar sobre espacios, encuentros, luces, filosofías, políticas, visión del mundo, y todo aquello que un narrador, como artista que es, desea mostrar como verdad ante su público, sea infantil o adulto. En esto el narrador también desarrolla un método, para la creación del espectáculo.
El método de creación de espectáculo, o de confección de un repertorio, va de lo inconsciente a lo conciente, del deseo, a la realidad y al deseo. Y a veces, como nos gusta decir a todos (casi todos), las historias y los espectáculos nos encuentran.
Pero tanto si cuidamos hasta el último detalle en sus por qué, en sus intenciones, como si dejamos al azar, al inconsciente o al vamonos que nos vamos las tareas a realizar en el apartado de confección de repertorio y creación de espectáculos, habrá unos pasos que tendremos que caminar con más o menos dificultad, con más o menos conciencia, de forma más o menos lúdica. La forma en que damos esos pasos constituyen el método. En individual, el de uno, el método salido del laboratorio, del taller, del horno, de la experiencia y de la (in)conciencia de cada uno.
Bueno, que duda cabe que unos por unas vías y otros por otras, todos tenemos un método más o menos consciente. Los que alguna vez nos hemos dedicado a enseñar a contar hemos tenido que enfrentarnos a las posibilidades de comunicar nuestro "método" y a reseñar de una forma lo menos crítica posible el método de los demás.
Recuerdo que un narrador y amigo de charlas y copas me dijo una vez que su método era hablarle a una grabadora durante al menos dos horas diarias, y que de ahí era de donde sacaba prácticamente todo lo que hacía. Intenté probarlo, y lo que para él funciona perfectamente (no hay más que ver sus espectáculos) para mí que soy un indisciplinado no significó más que un "esto tiene posibilidades y tengo que seguir haciendolo pero bien, cuando tenga tiempo".
Cuando el grupo Shamán funcionaba a pleno rendimiento ensayábamos dos tardes a la semana. Una era de crítica de repertorio y creación de espectáculos y otra era de taller. Cada miembro del grupo preparaba ejercicios para los demás, para hacerlos mejorar, todo ello nos llevó a decir en alguna ocasión que si el nivel de un narrador del grupo era malo, la culpa no era sino de los que no supieron corregirle. Aunque creo que nuestro método más efectivo por aquella época se basaba en las charlas interminables sobre el espectáculo, los cuentos, la forma de contar, etc, que nos pegábamos, de esas reflexiones a tres bandas salió el narrador que soy en gran parte.
Cuando tengo oportunidad hago talleres que tienen que ver con la escena, con la actuación, la formación del actor, la construcción de espectáculos. Todo ello me lleva a reflexionar y a intentar incorporar lo aprendido a mi trabajo.
Ahora estoy leyendo a Grotowsky y releyendo a Peter Brook, y hay una cosa que me llama la atención en los dos: son cosas que sirven en su grupo, en su reflexión colectiva, cosas aplicables para ellos, y no se sabe si para los demás.
En mi grupo de Match de improvisación teatral veo que han salido algunas de las cosas que dicen tanto uno como otro, y sólo después de hacerlas vemos que hay quien ha reflexionado ya sobre ello. Pero sí tenemos claro, que la actuación no es reflexión, ésta es antes o después pero no durante.
Hay algo que me parece claro, el narrador solitario no trabaja igual que el narrador que está integrado en un grupo o un colectivo. Cada colectivo o grupo, ya sea de narración, teatro, pintura, integración de artes..., tiene su propio método de trabajo y de presentación.
Pero el narrador solitario tiene que dividir el trabajo.
Debe afinarse corporal y vocalmente tomando conciencia de su cuerpo en relación al espacio, al público, a sus posibilidades expresivas, y del mismo modo de su voz intentando darle toda la riqueza de que sea capaz, o al menos tomar conciencia de cuáles son las posibilidades que puede usar.
Debe afinarse verbalmente, en todas las expresiones ya sean vulgares o cultas, poéticas o cotidianas. Un buen narrador parece que habla de forma espontánea o cotidiana, pero muy pocas de sus palabras se pueden tirar a la basura porque es una forma entrenada, que sabe lo que está diciendo en cada momento, cómo lo está diciendo y que palabras está empleando. Esto no significa que siempre sean las mismas para ese momento del espectáculo o del cuento, sino que sabe cuáles son. Cuanto más consciente del verbo es el narrador en su discurso, más mágico parece a los ojos del público y más ayuda a disparar la imaginación.
Otra afinación es la del contador. Como contador uno debe saber estar dentro de la historia, saber por dónde va, hacia dónde camina, que estilo la sostiene, qué tipo de historia tiene entre sus palabras y qué tipo de historia puede el público imaginar. Tanto para recibir como para producir o recrear una historia, cuanto más afinado esté nuestro contador de historias (o nosotros en tanto en cuanto a narradores que somos) mejores posibilidades podremos ofrecer. Esto en cuanto a entrenamiento personal y general, como profesional que trabaja todos los días se presente o no ante el público.
Pero el narrador solitario también tiene que hacer todo lo que concierne a su repertorio y al espectáculo. Las labores de director y productor de un espectáculo de narración oral que hacen que tenga que reflexionar sobre espacios, encuentros, luces, filosofías, políticas, visión del mundo, y todo aquello que un narrador, como artista que es, desea mostrar como verdad ante su público, sea infantil o adulto. En esto el narrador también desarrolla un método, para la creación del espectáculo.
El método de creación de espectáculo, o de confección de un repertorio, va de lo inconsciente a lo conciente, del deseo, a la realidad y al deseo. Y a veces, como nos gusta decir a todos (casi todos), las historias y los espectáculos nos encuentran.
Pero tanto si cuidamos hasta el último detalle en sus por qué, en sus intenciones, como si dejamos al azar, al inconsciente o al vamonos que nos vamos las tareas a realizar en el apartado de confección de repertorio y creación de espectáculos, habrá unos pasos que tendremos que caminar con más o menos dificultad, con más o menos conciencia, de forma más o menos lúdica. La forma en que damos esos pasos constituyen el método. En individual, el de uno, el método salido del laboratorio, del taller, del horno, de la experiencia y de la (in)conciencia de cada uno.
sábado, 26 de diciembre de 2009
Extraños cruces de caminos
Los caminos de palabras son tan extraños como los caminos de la realidad, aunque no creo que las veredas palabreras difieran mucho de las vitales. Ahora que estoy intentando que no se me caigan tres cosas que me llevan todo el tiempo, que intento decidir para sobrellevar, o dejar, o abandonar, o relegar (que no es lo mismo aunque a veces me lo parezca), en un alto de dos horas en el camino me llegó un regalo de una profesora (gracias Pilar) que parece decirme que los senderos de palabras son mi cam
ino. El libro se llama Por favor, sea breve, 2 y es una antología de cuentos cortos, cortísimos, como los que están de moda entre los blogger o los que yo mismo intento escribir de vez en cuando por aquí. Vaya coincidencia.
ino. El libro se llama Por favor, sea breve, 2 y es una antología de cuentos cortos, cortísimos, como los que están de moda entre los blogger o los que yo mismo intento escribir de vez en cuando por aquí. Vaya coincidencia.Aunque claro, no creemos en casualidades, o más bien, todo es casualidad para el que no comprende el mundo, y claro, ese soy yo. Así pues, las coincidencias así de bonitas son bienvenidas, recibidas con los brazos abiertos y una sonrisa. Ya en un primer vistazo he comprendido que el libro me iba a encantar, y sé que algunos, de los relatos que están ahí van a formar parte de mi repertorio de narrador oral, y entiendo que otros me enseñarán a hacer mis propios relatos con más sabiduría, y otros me dejarán pensando durante días, como a veces pasa cuando los dedos de algunas palabras te tocan directamente la neurona tonta.
sábado, 15 de agosto de 2009
Plagios, uso de los textos, ays...
CLON CLON CLON CLON CLON CLON CLON CLON
Hasta ahora, nunca he tenido problemas con los textos que voy poniendo aquí, en un par de ocasiones alguna persona que quiso usar alguno me lo comentó y yo, como no, encantado. Espero que todo siga así, pues no creo que mis textos sean sino los de un aprendiz con un largo camino por delante, cuyos aciertos son más fruto de la casualidad que de la conciencia y la experiencia.
Pero resulta que tengo un amigo ingenioso, avispado, con una vena humorística para la escritura que salta barreras. Sus textos, normalmente escritos en lo que podríamos definir como "gaditano", han recorrido una parte muy grande del orbe cibernético, y de aquí han pasado a radios y periódicos. Él está encantado, para eso los escribe para que la gente los lea y los disfrute, no para ganar dinero, ni fama, de hecho firma como Carlos Gallordo y poca gente sabe quién es en realidad.
A él si le copian, bastante, mucho. Uno de sus textos más famosos, Matrix en gaditano, le llegó rebotado como Matrix en argentino, cambiando lo que hubiera que cambiar, sin firma por supuesto, pero a él, lejos de enfadarse le hizo gracia y le llenó de orgullo que uno de sus hijos escrito en un lenguaje popular fuera traducido a otro lenguaje popular. Lo que le hizo menos gracia fue ver en el abc de Sevilla uno de sus textos firmado por otra persona, en contraportada y con algunas palabras cambiadas.
Normalmente, si alguien le copia y no se atribuye el texto ni pone tampoco de quien es, no suele cabrearse. Pero resulta que ha encontrado una página con al menos ocho textos suyos, y un montón de fotos suyas. Hombre, yo creo que si ponen un montón de tus textos, qué menos que te avisen o que digan de dónde los han sacado. El "autor" de la página, también está imitando su estilo en otros escritos, con lo cual crea más confusión.
No sé, no creo que sea difícil de entender que si coges algo de alguien deberías poner de quien es, y si una parte grande de tu página está basada en lo que esa persona hace, al menos decirlo.
En fin, que la cultura es de todos y para todos, pero que también deberíamos respetar un poco el trabajo de los demás, sobre todo si nos ha gustado tanto como para querer compartirlo. Creo.
Hasta ahora, nunca he tenido problemas con los textos que voy poniendo aquí, en un par de ocasiones alguna persona que quiso usar alguno me lo comentó y yo, como no, encantado. Espero que todo siga así, pues no creo que mis textos sean sino los de un aprendiz con un largo camino por delante, cuyos aciertos son más fruto de la casualidad que de la conciencia y la experiencia.
Pero resulta que tengo un amigo ingenioso, avispado, con una vena humorística para la escritura que salta barreras. Sus textos, normalmente escritos en lo que podríamos definir como "gaditano", han recorrido una parte muy grande del orbe cibernético, y de aquí han pasado a radios y periódicos. Él está encantado, para eso los escribe para que la gente los lea y los disfrute, no para ganar dinero, ni fama, de hecho firma como Carlos Gallordo y poca gente sabe quién es en realidad.
A él si le copian, bastante, mucho. Uno de sus textos más famosos, Matrix en gaditano, le llegó rebotado como Matrix en argentino, cambiando lo que hubiera que cambiar, sin firma por supuesto, pero a él, lejos de enfadarse le hizo gracia y le llenó de orgullo que uno de sus hijos escrito en un lenguaje popular fuera traducido a otro lenguaje popular. Lo que le hizo menos gracia fue ver en el abc de Sevilla uno de sus textos firmado por otra persona, en contraportada y con algunas palabras cambiadas.
Normalmente, si alguien le copia y no se atribuye el texto ni pone tampoco de quien es, no suele cabrearse. Pero resulta que ha encontrado una página con al menos ocho textos suyos, y un montón de fotos suyas. Hombre, yo creo que si ponen un montón de tus textos, qué menos que te avisen o que digan de dónde los han sacado. El "autor" de la página, también está imitando su estilo en otros escritos, con lo cual crea más confusión.
No sé, no creo que sea difícil de entender que si coges algo de alguien deberías poner de quien es, y si una parte grande de tu página está basada en lo que esa persona hace, al menos decirlo.
En fin, que la cultura es de todos y para todos, pero que también deberíamos respetar un poco el trabajo de los demás, sobre todo si nos ha gustado tanto como para querer compartirlo. Creo.
martes, 14 de julio de 2009
La imagen sensorial.

Hace unos años recibí del director de teatro colombiano Enrique Vargas un taller llamado "Dramaturgia de la imagen dramática sensorial", después estuve trabajando dos pequeñas temporadas con su grupo de la universidad de Bogotá y entre un trabajo y otro fundé junto con unos compañeros narradores y teatreros el grupo de investigación de la imagen dramática sensorial "Cuelebre". Esto parece el extracto de un curriculum de esos raros que vamos haciendo crecer los frikis como yo.
Pero no. La cosa viene a colación para hablar precisamente de la imagen sensorial y de la aplicación de esta al trabajo en escena. La aplicación consciente quiero decir, porque de forma inconsciente hay quien la aplica de toda la vida.
Para mí como espectador ir a ver un espectáculo, ya sea de circo, de teatro, de cuentos, o ir al cine, se corresponde con un cúmulo de sensaciones. Desde que uno decide practicamente que va y se arregla para ello, hasta la misma entrada en el teatro o en el cine. Los olores, las luces, las butacas, el cuchicheo de los demás... Toda una serie de imágenes que tienen que ver con los sentidos me llegan cuando pienso por ejemplo en el circo, o en los cines de verano de mi adolescencia en Cádiz.
Pero ahora soy narrador, me refiero a narrador de historias consciente (o profesional, como queráis), y ese mundo de sensaciones se me muestra desde otro punto de vista. Enrique Vargas quería que la obra de teatro fuese primero sentida y después pensada. Y qué queréis que os diga, eso es precisamente lo que yo creo que debe pasar con un cuento en el sentido de la imagen. Primero deben aparecer las imágenes del cuento en ese lado de la mente del público donde se imagina, y después debe ser pensado. Primero la imagen a través de los sentidos, del oido y de la vista fundamentalmente, directamente a la imaginación, y después que piensen, me gustaría que pensaran, pero eso ya es otro cantar o contar.
El público llega, viene de la calle, de su vida, y nosotros tenemos una propuesta que puede o no, tener que ver con su vida, por eso es importante que el público olvide que es algo más que público, que olvide su hipoteca, su coche, su novia, sus exámenes. Que consigamos sorprenderlo de manera que sólo quede el juego que le proponemos y los jugadores: el narrador, él mismo, y la historia. Pero eso es más difícil de lo que parece. Es difícil hacer olvidar, y avanzar hasta el momento actual, o retroceder, que hay personas que sólo piensan en el futuro.
Bueno, esa es una pregunta: ¿se puede contar de manera que el público no piense, sólo imagine? ¿que esté en una especie de ensoñación, dentro de la historia a medida que se la vamos contando pero dentro a través de sus propias imágenes?
Si eso se consigue llega la historia, pura, a la imaginación, en el momento del encuentro, y es desde ahí, desde ese momento, desde donde el narrador puede salir para criticar a los personajes o para opinar de política, desde el olvido de todo lo que el narrador es que no es narrador, desde el olvido de todo lo que el público es que no es público, desde el cuento, desde el encuentro.

Por eso quiere uno que las imágenes de su cuento sean lo suficientemente sugerentes como para trasladar al público a otro mundo. Por eso quiere uno que las condiciones a la hora de contar sean las que permitan que se dé esta magia. Por eso cuenta uno.
Yo pienso que si logramos eso el cuento o la historia vivirá más tiempo en la memoria del espectador, se quedará en ese lugar medio olvidado de la memoria que tiene que ver con la propia imaginación y con las sensaciones. Como cuando ocurre un olor que nos recuerda nuestra infancia o a mi padre o el pelo de la chica que teníamos delante en secundaria. Habrá un momento en que el cuento surja de esa memoria para encontrarse con nosotros, con nuestros pensamientos, con nuestros problemas actuales o futuros y nos ayudará a resolverlos, o simplemente nos recordará lo bien que lo pasamos aquella noche, o aquella tarde con tal o cual persona con la que fuimos a una sesión de cuentos.
jueves, 25 de junio de 2009
Consejos que me doy para estrenar un cuento.
1.- La primera vez que lo cuento no está entero. Un cuento sólo está entero cuando se encuentra con el público.
2.- El espacio para contarlo debe tener un público acostumbrado a los cuentos. Si es un público exigente mejor, pero sobre todo que sea respetuoso. Es raro que yo acierte de pleno con todos los aspectos del cuentos. Pero si alguna vez fallo en algo que atañe a todo el cuento, algo así como el punto de vista, los tonos de las secuencias, el lenguaje (demasiado poético, ordinario, oscuro), en los experimentos que uno hace cada vez que se da a un cuento o un cuento se da a uno; si se falla en alguna de esas cosas, el público respetará que termine el cuento, lo haya construido como lo haya construido.
3.- Un espacio donde suelas contar. Porque estarás acostumbrado a leer mejor al público, así sabrás como está yendo el cuento. La primera vez que conté en Madrid, la gracia que hace mi acento andaluz (algo que se convierte fácilmente en una ventaja), me sacaba del cuento una y otra vez porque expresiones que en Cádiz son normales allí provocaban carcajadas imprevistas.
4.- El cuento no debe abrir el espectáculo. Se presente uno donde se presente, al principio se está nervioso, el público aún no ha olvidado de donde viene ni está en sintonía con el encuentro. Si a los nervios del principio le unimos los nervios del estreno del cuento, tanto nervio, puede dar al traste con el cuento.
5.- El cuento no debe cerrar el espectáculo. Si por un casual no hemos equivado y el cuento no funciona, y si no funciona nosotros nos vamos hundiendo, si no produce el efecto deseado. En fin, si no es lo que pensabamos el público se irá con mal sabor de boca. Y desde mi punto de vista, hay que intentar que el público se vaya contento y con la sensación de haber disfrutado.
6.- Así pues, el cuento debe estar arropado por otros cuentos ya probados.
7.- Si puede ser contar antes un cuento que sabes que funciona bien, para predisponer al público a escuchar.
8.- Preparar no sólo el cuento, sino la introducción, la conversación que haré antes con el público para predisponerlo hacia la historia, o decidir si el cuento no lleva introducción. Pero no dejarlo a la inspiración del momento, por si el momento está falto de inspiración.
9.- No preguntar hasta el día siguiente. Cuando se baja uno del escenario no está uno en sus cabales, cualquiera que se haya subido alguna vez y haya reflexionado sobre ello lo sabe. Por eufórico, por triste, o por el ánimo que sea uno no piensa bien, los sentimientos se magnifican con el intercambio de energía, el público suele ser más de una persona y el narrador sólo una, así que en ese intercambio la energía del público tiene mucha influencia. Tal y como yo lo veo, uno debería quedarse con sus impresiones y al día siguiente volver a reflexionar sobre ello y entonces sí, preguntar. Lo negativo también nos afectará menos al día siguiente y lo positivo será mas calmado, sin euforias. Este es un consejo que me doy pero que no sigo casi nunca, es más, con la gente que conozco suelo ser un pesado.
10.- Volver al cuento y decidir los retoques que le hacen falta. O decidir si morirá después de su primer día de vida, que a veces también pasa, aunque con los años, menos.
2.- El espacio para contarlo debe tener un público acostumbrado a los cuentos. Si es un público exigente mejor, pero sobre todo que sea respetuoso. Es raro que yo acierte de pleno con todos los aspectos del cuentos. Pero si alguna vez fallo en algo que atañe a todo el cuento, algo así como el punto de vista, los tonos de las secuencias, el lenguaje (demasiado poético, ordinario, oscuro), en los experimentos que uno hace cada vez que se da a un cuento o un cuento se da a uno; si se falla en alguna de esas cosas, el público respetará que termine el cuento, lo haya construido como lo haya construido.
3.- Un espacio donde suelas contar. Porque estarás acostumbrado a leer mejor al público, así sabrás como está yendo el cuento. La primera vez que conté en Madrid, la gracia que hace mi acento andaluz (algo que se convierte fácilmente en una ventaja), me sacaba del cuento una y otra vez porque expresiones que en Cádiz son normales allí provocaban carcajadas imprevistas.
4.- El cuento no debe abrir el espectáculo. Se presente uno donde se presente, al principio se está nervioso, el público aún no ha olvidado de donde viene ni está en sintonía con el encuentro. Si a los nervios del principio le unimos los nervios del estreno del cuento, tanto nervio, puede dar al traste con el cuento.
5.- El cuento no debe cerrar el espectáculo. Si por un casual no hemos equivado y el cuento no funciona, y si no funciona nosotros nos vamos hundiendo, si no produce el efecto deseado. En fin, si no es lo que pensabamos el público se irá con mal sabor de boca. Y desde mi punto de vista, hay que intentar que el público se vaya contento y con la sensación de haber disfrutado.
6.- Así pues, el cuento debe estar arropado por otros cuentos ya probados.
7.- Si puede ser contar antes un cuento que sabes que funciona bien, para predisponer al público a escuchar.
8.- Preparar no sólo el cuento, sino la introducción, la conversación que haré antes con el público para predisponerlo hacia la historia, o decidir si el cuento no lleva introducción. Pero no dejarlo a la inspiración del momento, por si el momento está falto de inspiración.
9.- No preguntar hasta el día siguiente. Cuando se baja uno del escenario no está uno en sus cabales, cualquiera que se haya subido alguna vez y haya reflexionado sobre ello lo sabe. Por eufórico, por triste, o por el ánimo que sea uno no piensa bien, los sentimientos se magnifican con el intercambio de energía, el público suele ser más de una persona y el narrador sólo una, así que en ese intercambio la energía del público tiene mucha influencia. Tal y como yo lo veo, uno debería quedarse con sus impresiones y al día siguiente volver a reflexionar sobre ello y entonces sí, preguntar. Lo negativo también nos afectará menos al día siguiente y lo positivo será mas calmado, sin euforias. Este es un consejo que me doy pero que no sigo casi nunca, es más, con la gente que conozco suelo ser un pesado.
10.- Volver al cuento y decidir los retoques que le hacen falta. O decidir si morirá después de su primer día de vida, que a veces también pasa, aunque con los años, menos.
viernes, 29 de mayo de 2009
Ays

Una de las cosas que he aprendido en mi corta experiencia vital, es que cuando uno está alterado mentalmente, sea por la razón que sea, debe evitar en la medida de lo posible tomar cualquier tipo de decisión, aunque esta sea aparentemente trivial. La experiencia me dice, que lo que parece buena idea en estos estados alterados de conciencia, después no lo es tanto cuando la realidad se materializa ante nuestros huesos.
Claro, hay dos problemas (al menos) en esta afirmación por la que intento regir mi vida. El primero es saber cuando está uno alterado; es claro que si me he fumado un trocolón de dos papeles, o si he participado en unas jornadas chamánicas de reflexión sobre los cuatro elementos con estados de trance incluídos (ya sé que suena raro, pero uno se mete en cada sitio...), pues no hay muchas dudas, uno sabe en todo momento que no está para casarse con la primera que vea, ni para invertir todo su dinero en comprar acciones de Herederos de Miguel de Cervantes Sociedad Sospechosa. Lo que pasa es que el caso actual es diferente, acabo de dejar de fumar, me estoy quitando como diría Camarón.
Joder, el síndrome de abstinencia provoca un estado alterado de conciencia, no necesariamente bueno, ni lúcido. No es que necesite la droga, no, tengo claro que no quiero, me apetece durante unos segundos, después deja de apetecerme y listo. Es que me cambia el caracter. Estoy más irascible, lo que antes me parecían tonterías ahora me parecen afrentas, lo que siempre me había dado igual, porque realmente es que da igual, ahora es lo más importante de la galaxia. Peor, yo que siempre he sido un incontinente verbal, ahora estoy más hablador, ¿se imaginan lo que debe ser estar a mi lado? Como tengo un estado de ansiedad permanente, quiero hacer mil cosas y las empiezo todas (todavía no he acabado ninguna). Pero esto es lo que uno sabe, que el estado es alterado y no debe tomar decisiones con esta ansiedad encima. Lo malo es que no siempre se manifiesta la ansiedad de la misma manera, o no siempre me acuerdo. Lo malo es que algunas veces creo que estoy en condiciones de tomar las decisiones que hagan falta. Es como esa gente que con dos copas de más creen que están más alerta y conducen mejor. En fin, esto es el primer problema que veo.
El segundo, no todas las decisiones pueden esperar a que me haya tomado una tila. Me imagino que estarán pensando, tio eres un exagerado, lo ves, el estado de ansiedad, que me hace exagerar las cosas, y en realidad todo puede esperar aunque no eternamente, y quien me dice a mi que entre calmante y calmante no hay una eternidad y el mundo se vuelve en contra de los buenos, y ya estoy otra vez con la incontinencia y con la ansiedad y con el puto síndrome de la nicotina esa que tiene nombre de máquina de coser y que me callo hasta más reflexiones o más historias si es que soy capaz de quitar las manos del teclado y respirar profundamente y no me hagan mucho caso que todo son paranoias....
La imagen es cogida de mcrueda.blogspot.com
lunes, 25 de mayo de 2009
Reordenando
A veces parece que uno no sabe muy bien qué hacer, qué escribir, qué camino de los pocos o del único que se le presenta elegir. O quizás es que la primavera me tiene con las neuronas flojas y sin impulso creativo. Quizás la atención a otros asuntos (¿la res publica?) me tiene ocupado el intelecto.
La verdad es que me pregunto qué le están pasando a mis minihistorias, y no lo sé muy bien. No lo sé pero no las escribo. No lo sé pero los espacios en blanco siguen ahí, y entre espacio en blanco y espacio en blanco no hay palabras.
Qué le habrá pasado al niño que quería ser perro y ladraba y se meaba en las esquinas y olía el culo de otros perros. Dónde estará el farmaceutico salido que tartamudea mirando escotes mientras despacha drogas legales. Qué estará haciendo el abuelo ese que le iba a explicar a su nieto lo que era la muerte muriendo él mismo.
En fin, que algo debe estar reordenándose en la cabeza, o las reacciones electroquímicas son diferentes, pero de momento no se me derraman las historias. Pero sigan ustedes viniendo por aquí, por si acaso.
La verdad es que me pregunto qué le están pasando a mis minihistorias, y no lo sé muy bien. No lo sé pero no las escribo. No lo sé pero los espacios en blanco siguen ahí, y entre espacio en blanco y espacio en blanco no hay palabras.
Qué le habrá pasado al niño que quería ser perro y ladraba y se meaba en las esquinas y olía el culo de otros perros. Dónde estará el farmaceutico salido que tartamudea mirando escotes mientras despacha drogas legales. Qué estará haciendo el abuelo ese que le iba a explicar a su nieto lo que era la muerte muriendo él mismo.
En fin, que algo debe estar reordenándose en la cabeza, o las reacciones electroquímicas son diferentes, pero de momento no se me derraman las historias. Pero sigan ustedes viniendo por aquí, por si acaso.
sábado, 16 de mayo de 2009
El espectáculo
Muchas veces digo, porque así lo creo, que cada historia que narro tiene que ser un espectáculo en sí misma. Esto es cierto, creo que no tiene nada que ver una historia con otra en su concepción misma y de esta manera tenemos que saber montarla como narradores. Pero me interesa más el montaje del espectáculo entero.
Un espectáculo sin montaje es lo que, en muchas ocasiones, puedo ver cuando asisto a una sesión de narración oral, y lo que yo mismo muchas veces presento.
¿Cuál es el problema? que cuando alguien asiste a una presentación de narración oral lo que ve es un espectáculo. Ya sé que la mayoría lo que hace es contar un cuento detrás de otro sin mucha hilazón, a lo sumo, hilvanados por un endeble hilo de conversación apenas preparada, pero yo como espectador veo un todo. Si voy a una sesión de cuentos, esa sesión es una unidad para mí, aunque quien la haya perpetrado no lo haya tenido en cuenta.
Si los espectáculos son una serie de cuentos sin conjunción, no habrá dos espectáculos distintos, sino el mismo espectáculo con distintos cuentos. Si ese tipo de espectáculo lo hacen narradores distintos cada vez, pues termino diciendo que voy a ver un cuenta cuentos o un narrador, y lo que vale es la calidad de éste u otro narrador como showman o showwoman (si se escribre así).
Claro que montar un espectáculo distinto, requiere de tiempo y trabajo. Debería trabajar la conversación, el ambiente, cómo engarza un cuento con otro, si voy a elegir un cuento marco que contenga los demás cuentos. Si sólo voy a contar un cuento. Si el tema me llevará a narrar a varios autores o voy sólo a contar cosas mías o de un sólo autor. Además está el ritmo y los sentimientos o energías, no sé cómo llamarlo, que se van a crear durante el espectáculo y saber poner cosas más rápidas, más lentas, más ligeras o densas, dependiendo de lo que viene detrás o lo que había antes.
Tal vez sea un espectáculo para bares, o tal vez para una sala de teatro, o para la calle, tal vez sea para niños o para adolescentes, pero sí que debería estar concebido cómo un todo unitario distinto de los demás espectáculos que hago. Tal vez lleve música, o partes teatralizadas, o recitado de poesía o participación del público a modo de juegos o preguntas.
No quiero molestar a nadie, ni hacer una reflexión cerrada, ni decir cómo se deben hacer las cosas, sólo cómo me gusta verlas y cómo me gustaría que me salieran.
He visto muchos narradores que lo hacen, que tienen diferentes espectáculos y en cada uno hay muchas cosas que ver, que compartir y que imaginar. Pero la mayoría de los narradores que he visto, sólo cuentan un cuento detrás de otro hilando con la conversación esos cuentos con más o menos éxito según el narrador y según el día que tenga.
Un espectáculo sin montaje es lo que, en muchas ocasiones, puedo ver cuando asisto a una sesión de narración oral, y lo que yo mismo muchas veces presento.
¿Cuál es el problema? que cuando alguien asiste a una presentación de narración oral lo que ve es un espectáculo. Ya sé que la mayoría lo que hace es contar un cuento detrás de otro sin mucha hilazón, a lo sumo, hilvanados por un endeble hilo de conversación apenas preparada, pero yo como espectador veo un todo. Si voy a una sesión de cuentos, esa sesión es una unidad para mí, aunque quien la haya perpetrado no lo haya tenido en cuenta.
Si los espectáculos son una serie de cuentos sin conjunción, no habrá dos espectáculos distintos, sino el mismo espectáculo con distintos cuentos. Si ese tipo de espectáculo lo hacen narradores distintos cada vez, pues termino diciendo que voy a ver un cuenta cuentos o un narrador, y lo que vale es la calidad de éste u otro narrador como showman o showwoman (si se escribre así).
Claro que montar un espectáculo distinto, requiere de tiempo y trabajo. Debería trabajar la conversación, el ambiente, cómo engarza un cuento con otro, si voy a elegir un cuento marco que contenga los demás cuentos. Si sólo voy a contar un cuento. Si el tema me llevará a narrar a varios autores o voy sólo a contar cosas mías o de un sólo autor. Además está el ritmo y los sentimientos o energías, no sé cómo llamarlo, que se van a crear durante el espectáculo y saber poner cosas más rápidas, más lentas, más ligeras o densas, dependiendo de lo que viene detrás o lo que había antes.
Tal vez sea un espectáculo para bares, o tal vez para una sala de teatro, o para la calle, tal vez sea para niños o para adolescentes, pero sí que debería estar concebido cómo un todo unitario distinto de los demás espectáculos que hago. Tal vez lleve música, o partes teatralizadas, o recitado de poesía o participación del público a modo de juegos o preguntas.
No quiero molestar a nadie, ni hacer una reflexión cerrada, ni decir cómo se deben hacer las cosas, sólo cómo me gusta verlas y cómo me gustaría que me salieran.
He visto muchos narradores que lo hacen, que tienen diferentes espectáculos y en cada uno hay muchas cosas que ver, que compartir y que imaginar. Pero la mayoría de los narradores que he visto, sólo cuentan un cuento detrás de otro hilando con la conversación esos cuentos con más o menos éxito según el narrador y según el día que tenga.
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Narración oral,
reflexiones
lunes, 8 de septiembre de 2008
Agnóstico
Cuando uno dice que no cree en Dios, nada ocurre, a lo sumo algún cándido devoto piensa que uno tiene aún el alma recuperable y durante unos minutos (el tiempo que tarde en darse cuenta de que no) le acosa a uno con amores abstractos y enemigos imaginarios y con preguntas socráticas y con todas esas cosas que uno con el tiempo oye con la misma actitud del que espera a que escampe para continuar una conversación soleada.
Cuando uno dice que no cree que la realidad sea tal como la pintan los políticos, ni tal como la fotografían los periodistas, ni siquiera tal y como era esta mañana desde la perspectiva de uno, nada ocurre. A lo sumo la conversación deriva hacia política alternativa o filosofías individuales que a veces a uno le interesa escuchar (las más), y a veces uno piensa que para qué dijo nada.
Pero (esto tenía que tener un pero), cuando uno dice que no cree en el amor...
Qué quieres que te diga, me pasó como con el cristianismo, al principio le tuve fe, ya sabes, leer a Bécquer (mira que ponerle Gustavo Adolfo al muchacho) y ver a las compañeras de clase en franca progresión hacia el mundo adulto le crea a uno espectativas. Incluso tuve amores no correspondidos e hice versos de adolescente enamorado.
Después tuve una o dos decepciones que no me descreyeron sino que me llevaron a pensar que aún no había encontrado al verdadero amor, a esa edad uno cree, qué coño.
Y llegó el amor verdadero, ese que te hace vivir momentos de película, de novela (o novelón), ese original como no hay dos y etc, etc...
Juas, del amor han opinado hasta los cangrejos, algunos con más prudencia y otros con más pasión, algunos desde la óptica de la razón y otros desde la ceguera del corazón.
Y si uno se va descreyendo a base de lecturas y experiencias, si uno sabe que no se piensa igual desde la ofuscación que desde la tranquilidad de un día de vacaciones en la playa por ejemplo...
Pues sí, está mal visto no creer en el amor y su parafernalia (encima Dios es amor), y parece que uno va a recibir la maldición de un amor negativo pasional por escupir para arriba. Y parece que si uno no cree en el amor ya no podrá escribir una buena historia, ni contactar con el público, ni ser un buen amigo, ni mejorar cada vez que te folle, ni meterse a monja ni a testigo de... esos.
En fin, cada sociedad tiene sus dioses.
PD: No hagas como los cristianos y no preguntes ¿entonces, en qué crees?
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problemas con la realidad,
reflexiones
martes, 15 de julio de 2008
Filosofías
- Cada situación del mundo es una tragedia regida por unos hilos invisibles que mueven a los hombres. Del mismo modo, cada animal está regido por esos hilos. Pero los seres humanos, como nos gusta decirnos, no queremos ser como los demás animales y buscamos la diferencia sin saber que ya somos diferentes. Y porque creemos comprender la sinrazón del mundo queremos vernos libres de ella. Para hacerlo, fabricamos gigantescos hormigueros donde vivir como aparte de la naturaleza. Creamos unos sistemas sociales complejos y devoramos el planeta para demostrar que nuestra razón es más válida que la sinrazón de la naturaleza. Somos seres tan gregarios que nos gusta llamarnos sociales. Sin la aceptación de los demás no tenemos nada. Sólo algunos creen vivir como lobos esteparios, pero en realidad, las inmensas estructuras que fabricamos para ser antinaturales también absorben la posible individualidad y vistos de lejos, debemos parecer como las hormigas; la mínima parte de un todo completamente sustituible por el que viene detrás o el que va delante.
- Esa visión de la humanidad no está mal construída. Pero sólo importa para la gente con ansias de trascender. A esos individuos sustituibles, como tu dices, apenas les da tiempo de reflexionar sobre todo esto.
- Claro, están demasiado ocupados en mantener de la nada un sistema que no se sostiene sin trabajo.
- Ellos simplemente tienen una microvida, con un pequeño mundo importante. Sus reflexiones giran alrededor de sus conocimientos -pocos- y de su experiencia. Pero la experiencia se vive con muchos sentidos y en cualquier reflexión la experiencia habla más que los conocimientos o los sueños de ser antinatural. Por eso los que desean cambiar las cosas son los jóvenes, porque aún no saben por experiencia que lo importante es el alrededor, que ya es un universo tan grande como el propio universo.
- Algunos sí consiguen vivir de otra manera. Como los demás animanles. Aunque en realidad sea mentira.
William Mansfield Yo y yo mismo (1965)
- Esa visión de la humanidad no está mal construída. Pero sólo importa para la gente con ansias de trascender. A esos individuos sustituibles, como tu dices, apenas les da tiempo de reflexionar sobre todo esto.
- Claro, están demasiado ocupados en mantener de la nada un sistema que no se sostiene sin trabajo.
- Ellos simplemente tienen una microvida, con un pequeño mundo importante. Sus reflexiones giran alrededor de sus conocimientos -pocos- y de su experiencia. Pero la experiencia se vive con muchos sentidos y en cualquier reflexión la experiencia habla más que los conocimientos o los sueños de ser antinatural. Por eso los que desean cambiar las cosas son los jóvenes, porque aún no saben por experiencia que lo importante es el alrededor, que ya es un universo tan grande como el propio universo.
- Algunos sí consiguen vivir de otra manera. Como los demás animanles. Aunque en realidad sea mentira.
William Mansfield Yo y yo mismo (1965)
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